En este blog, solo se recogerá el texto del libro "El Copo de Nieve que vino a morir a Granada". Libro por completo inédito y original. Aun no está terminado este libro pero ya pongo aquí los primeros capítulos.


Índice

1- La niña y uno de los cuadernos
del Anciano del Cortijo del Laurel
2- El copo de nieve
3- Amanecer
4- Desahogando el corazón
6- El copo de nieve a punto de salir de viaje
5- Día de frío
6- La cueva de la ladera
7- El viaje de Copodenieve

8- El relato de Copodebil


1- La niña y uno de los cuadernos
del Anciano del cortijo del Laurel

Los días de las vacaciones de Navidad fueron corriendo. Trayendo amaneceres tibios llenos de escarchas, suaves mañanas húmedas, ratos de sol medio apagado y tardes rosadas. En invierno y en Navidad, los atardeceres en Granada, no tienen igual. Son mágicos y eso lo sabe bien la niña del Cortijo de la Viña y también yo. “Los atardeceres más bellos del mundo”.

Por eso aquella tarde, una tarde cualquiera de estos días de vacaciones de Navidad, me dijo ella:
- ¡Ay que ver cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando el Anciano del cortijo del Laurel jugaba y caminaba con nosotros por estos campos. También parece que fue ayer cuando estuvieron por aquí mis tres mejores amigas. Y lo mismo digo de la Princesa, de Bandolero, de Albina, de… ¡Cómo pasa el tiempo!
Y después de estas palabras, casi un suspiro salido de lo más tierno de su alma, guardó silencio. Quise preguntarle pero no lo hice. La dejé en su paz, con el cuaderno del Anciano en sus manos y mirando a través de los cristales de la ventana.

Frente a nosotros, el fuego de la lumbre, nos daba su calor y la madre, la que nunca dice nada pero siempre es la más importante, miraba y también soñaba. Quise también preguntarle pero tampoco lo hice. La niña de nuevo comentó:
- Una y otra vez se me viene a la mente lo que en mil ocasiones ya he comentado contigo. El recuerdo del Anciano, su vida, los cuadernos escritos por él y, que al morir, me regaló, aquellos paseos tan bonitos que, por entre estos bosques, nos proporcionó, las castañas asadas en la lumbre a la luz de la luna, los tomates de su huerta, los ratos de contemplación junto a la corriente del arroyo y por donde la cascada del balneario. Yo no sé si tú puedes olvidar esto pero, lo que es yo, no puedo. Un día y otro y una vez y otra vez, lo recuerdo.

Sin saber exactamente lo que le decía, la miré y dije que sí. Que en el fondo tenía mucha razón en lo que estaba comentando. Y también le dije que el tiempo, como el agua o como el viento, a todos se nos escapa de las manos. Y lo bueno o lo malo, con esta marcha del tiempo, se desvanece y también todos poco a poco nos vamos. Luego añadí:
- Se van las flores que con la primavera nacen y tanto alegran estos campos nuestros, se van las hojas de las nogueras cuando el otoño llega, se van las nieves que, en invierno blancas arropan las cumbres, se van las golondrinas que en primavera llegan, se van… Fíjate, hasta el borriquillo nuestro, tu caballo Enebro, la más hermosa de las Princesas, nuestra amiga imaginaria allá en aquellas lejanas tierras, Albina, Guela, Lera, Julia…Todo esto y mucho más, el tiempo se lo va llevando a lo más hondo del olvido. Muchos de los amigos y amigas que has nombrado, cada día que pasa, nos borran un poco más de sus memorias, de sus corazones, de sus vidas.

Abrió la niña el cuaderno del Anciano que tenía en sus manos y se detuvo en la primera página. Antes de leer me volvió a comentar:
- Fíjate que sencilla y, a la vez, bonita poesía dejó escrita aquí. Escucha despacio que te la leo.
Y presté atención. Leyó muy dulcemente ella:

“Tú eres de tez blanca,
naciste en el país de los hielos,
transparente es tu alma
y eres amiga de los vientos.
Copo blanco que volabas
en busca de mundos nuevos
y te encontraste con Granada,
y en un abrazo más que tierno
con ella te hiciste savia.

Nieve purísima y azul
que en tierna sonrisa de hada
eternidad te has quedado
en el alma de Granada”.

Al terminar de leer este poema de nuevo guardó silencio. Siguió mirando por la ventana como transportada en un lejano y hermoso sueño. Sabía ella y sabía yo que el poema que me había leído pertenecía al Anciano. Por eso, al rato, de nuevo me comentó:
- Como ya has hecho otras veces quiero que hoy también me leas despacio lo que el Anciano dejó escrito en este cuaderno. Si me lo lees tú creo que me gustará más. Quizá porque así puedo ir soñando todo lo que me vayas leyendo.

Le pedí que me diera el cuaderno que sostenía en sus manos porque ya estaba preparado para empezar a leerlo. Se dispuso ella a dármelo pero todavía lo retuvo unos minutos más entres sus dedos. Pasó a la siguiente página y en ella, como si pretendiera introducirme en el relato que contenía el cuaderno, leyó lo siguiente:

“Durante mucho tiempo, a todas horas y cada día la había soñado. En los días de primavera, cuando llegó el verano, en los meses del otoño… Y durante todo este tiempo, cada día había esperado algún correo de ella. Y, de una manera especial, ahora que se acercaba la Navidad, soñaba que le escribiera o que viniera”.

Y ahora sí, cerró el cuaderno y me lo alargó. Me dijo otra vez:
- Empieza a leer cuando quieras que te escucho con todo interés y respeto. Nuestro mejor amigo el Anciano, no se merece otra cosa.
Y comencé a leer lo que a continuación hay escrito:

2- El copo de nieve

Allá, en la región más fría del mundo y también la más hermosa de la tierra, el copo de nieve dijo a sus compañeros:
- Ha llegado el momento. Por fin me marcho con vosotros a recorrer mundo. ¿A dónde tenéis pensado ir?
Uno de los mil copos, ya revoloteando y preparado para el viaje entre las nubes grises colgadas del cielo, le contestó:
- No hemos fijado un destino concreto. Nosotros solo queremos recorrer mundo en busca de aventuras. Tenemos necesidad de escapar del hogar e irnos al encuentro de otras realidades.
- ¿Visitaréis ciudades?
- Ciudades, pueblos, aldeas, valles, montañas…
- ¿Y en qué lugar concreto os quedaréis?
- Ya te he dicho que nuestro íntimo deseo es recorrer y conocer sitios, lugares, personas, animales, plantas…

Y el copo de nieve se sintió muy identificado y, por eso, confortado. Era lo que él, desde hacía mucho tiempo, desde que era diminuta gota de agua saltando por los arroyuelos, estaba soñando. Millones de veces lo había hablado con sus hermanos, sus padres, sus amigos. Y siempre les decía:
- Un día de estos me iré de casa para siempre. Siento, cada vez más, una irresistible necesidad de irme de casa y viajar, conocer mundos, ciudades, pueblos, personas… Es como si una extraña necesidad de búsqueda y libertad me empujara desde dentro. Por eso no me importa ni abandonar la seguridad del hogar ni a los conocidos y amigos que aquí tengo.
Y sus hermanos y padres callaban. En el fondo lo comprendían pero también en el fondo tenían miedo.

Seguía hablando con algunos de los que consideraba amigos suyos y les decía:
- Si no salimos del sitio donde hemos nacido, si no viajamos y recorremos mundo, si no vamos en busca de amigos y lugares nuevos, es como si nuestras vidas no tuvieran sentido.
Y algunos amigos y compañeros siempre le argumentaban:
- Te en cuenta que no todo será tan bonito y fácil a como ahora lo sueñas. La tranquilidad y seguridad del hogar, quizá no la encuentres nunca en ninguno de los sitios que visites. Tendrás problemas y sufrirás y seguro que desearás volver de nuevo a tu tierra.
Y el copo de nieve le respondía:
- Aunque las cosas sean como dices, siempre tendré la satisfacción de haber conocido lugares y personas diferentes. Necesito vivir mi vida para aprender por mí mismo. Necesito hacerme a base de experiencias propias. Ni el consejo más sabio podrá ayudarme tanto como aquello que experimente por mí mismo. Tengo que vivir experiencias.

Y otro de los compañeros le decía:
- Tú lo que eres es un aventurero. Un inadaptado que solo luchas para realizar tu sueño. Y, aunque es bonito lo que sueñas, seguro que al final vuelves con las manos vacías y derrotado. Es lo que le ha pasado a muchos. Se marcharon del hogar, de esta región del frío, y en cuanto se encontraron en los lugares cálidos, en cuento los acarició el sol, murieron derretidos. Nosotros somos frágiles, pequeños, vulnerables… No estamos hechos para muchas de las cosas en este suelo.
- Aunque sea así, quiero irme a recorrer mundo. Cada día que pasa ardo más en deseos de salir volando.
- Pues ya nos contarás cuando vuelvas.
- ¡Eso! Si es que vuelves.
Y él les seguía diciendo:
- Y si no vuelvo tampoco será nada malo. Quizá ese sea mi destino. Morir por el sueño que uno lleva dentro es lo único que importa. ¿De qué sirve la vida si uno no la gasta luchando por aquello que cree? Una vida sin sueño no tiene sentido. Así que no estoy equivocado.

3- Amanecer

Y acá, en una región cálida del mundo y también hermosa, muy hermosa, en el Cortijo del Laurel, se acurrucaba el Anciano. Al norte de Granada, España, frente a las cumbres blancas de Sierra Nevada y muy cerca del Cortijo de la Viña. Donde los bosques de encinas, robles y castaños, son espesos y donde los arroyuelos bajan repletos de aguas claras hasta dar forma a un cristalino río.

Y aquella mañana amaneció nublado. Con una fría y fina niebla que cubría las montañas, las casas y los campos. Y los campos estaban mojados. La lluvia había caído, suave pero persistente, a lo largo de toda la noche.

Al amanecer se veía, además de la niebla revoloteando por los campos, la fresca hierba toda empapada. Lo mismo las hojas de las nogueras y las de los granados. Las que, unos días atrás, el otoño había arrancado de las ramas de estos árboles. El otoño, el viento y los fríos. Porque, aunque todavía el otoño no había llegado a su final, ya el invierno estaba llegando. La niebla, las lluvias, el frío y la nieve en las altas cumbres, así lo anunciaban.

En el cortijo pequeño, blanco, de piedra, con el musgo trabado en las paredes y aplastado en la ladera, se despertó. Como cada día desde hacía mucho tiempo. Y lo primero que pensó, al mirar por la ventana y ver la niebla, fue en ella. Luego pensó en la Navidad y después soñó. Despierto y mientras observaba la fina y blanca niebla. Para sí y en su corazón se preguntó: “¿Volverás al llegar ahora la Navidad?”

Y mientras la niebla se iba alzando por las laderas de los cerros, se fue incorporando en su cama. Poco a poco y como si necesitara tomar consciencia del nuevo día. Igual que otros muchos días del año pero hoy con algo especial. Su corazón lo sabía y en su alma lo soñaba.

Ya hacía más de año y medio que había recibido el último correo de ella. Y lo contestó y, aunque no recibió respuesta, volvió a escribirle. Pocos días después, otra vez y luego al cumplirse la semana. A los diez días, a los quince, al mes… Más de cien correos le había escrito ya a lo largo del año y medio de su ausencia pero no recibió ninguna respuesta.

Por eso esta mañana, en apariencia igual a la de cualquier otro día aunque en su corazón especial, de nuevo tenía la ilusión renovada. Imaginaba que hoy sí iba a recibir el correo que tanto estaba esperando. Le animaba la ilusión mientras se iba levantando. Y le animaba las nieblas aleteando por los campos, las lluvias y hasta el frío invernal que la mañana regalaba.

Bajo su ventana, justo rozando la pared, sigue el acebo. El que cada año al llegar diciembre se cubre de mil semillas rojas. Bayas pequeñas como garbanzos que, con los fríos del otoño y las heladas del invierno, maduran. Los mirlos, y uno muy concreto, cada día viene a este acebo en busca de alimento. Al amanecer y al caer las tardes.

Y hoy, mientras se levanta, a sus oídos llegaban los finos trinos de este mirlo. Con la suavidad del nuevo amanecer pero algo melancólico. Porque, cada vez que observa las ramas del acebo, no puede evitar recordarla. Sabe que tampoco pudo compartir con ella ni la visión mágica de este árbol repleto de bayas escarlatas ni los delicados trinos del viejo mirlo.

Por eso hoy, en cuanto termina de levantarse, se acerca un poco más a la ventana. Abre los cristales y aspira el airecillo otoñal. Huele a musgo, a niebla, a rocío fresco y a honda ausencia. Pero comprueba que el amanecer también es bello y acaricia en lo más profundo del alma. La recuerda y, en este momento, quisiera que estuviera. Presiente que este amanecer tendría mucho más sentido y sería aun más hermoso y bueno si estuviera. Si pudiera compartirlo con ella.

En la chimenea, a la derecha de la sala y por el lado en que el sol se levanta, todavía calientan los rescoldos. La noche pasada, antes de acostarse, estuvo mucho rato sentado frente a la lumbre. Al calor de las llamas que desprendían los troncos de olivo, meditando y escribiendo. Por eso ahora todavía los rescoldos calientan en la chimenea. Bajo las cenizas y en los trozos de tizones.

Y, mientras en el acebo que decora su ventana ahora gorgojean los gorriones, se acerca a la chimenea. Con la intención de avivar las ascuas y también con la intención de alimentarlas con troncos y ramas. Frente a la chimenea y cerca de la lumbre, una silla vieja de eneas y una pequeña mesa de madera. Y, sobre esta mesa, un cuaderno abierto, un bolígrafo y unos cuentos folios escritos.

La noche pasada, antes de irse a la cama, estuvo escribiendo. Sus cosas de siempre, sentimientos y recuerdos, pero todo muy importante para él. Y también para ella aunque no lo supiera. ¡Tanto tiempo hace ya que se marchó y tantos días ha guardado oscuro silencio! Quizá por esto, la necesidad de su alma, es tan acuciante. Y quizá por esto la necesidad de dejar escritas las cosas. Sabes que ella ha sido lo más valioso de cuento en esta vida ha vivido.

En el rincón de la izquierda, junto a la chimenea, otra mesa chica. De madera añeja y por eso sencilla y bella. Sobre el tablero, el ordenador, el teléfono móvil y algunos libros. También dos o tres cuadernos escritos y unos trozos de papeles con algunas notas. En uno de estos papelitos se puede leer. “Cada día espero tu correo. Me escribirás ahora en Navidad”.

Enciende el ordenador. Para que, mientras reaviva la lumbre, se vayan cargando los programas. Porque, enseguida y como cada día, lo primero que hará será mirar el correo. Por si le ha escrito. Es lo que más desea ahora mismo y en cada momento.

Abre también la pequeña ventana que hay frente a la mesa del ordenador. Mira por ella y descubre que fuera, la niebla sigue moviéndose por la ladera de enfrente y los barrancos que bajan del Cortijo de la Viña. Por allá y, entre los bosques de robles, sabe que va la senda que lleva a las cumbres. Y sabe que por esa senda fue y vino varias veces antes de irse. Piensa que luego, quizá a media mañana y si las nieblas se levantan, recorrerá esta senda. Quizá vaya hasta el bosque de los pinos a buscar setas. Porque todavía y, aunque el otoño ya está muy avanzado, hay setas en el bosque.

Pero en estos momentos llueve. Mudamente y sin viento pero llueve sin parar. Lo ha hecho a lo largo de toda la noche, al amanecer y mientras el mirlo entonaba sus primeros trinos mañaneros y ahora ya que el día se abre claramente. Mira mudo por la ventana que hay frente a la mesa del ordenador y piensa que es un bonito día. Melancólico un poco por la soledad que hay en su cortijo, por las nieblas en las laderas y barrancos y por la lluvia y las nubes. Pero hermoso y bueno para meditar y pensar en ella.

Trocea un par de ramas secas. Con un trozo de ellas remueve los rescoldos y sopla sobre las ascuas. En las ramas prende el fuego y, al poco, la chimenea se llena de luz, de calor, de humo y de llamas. Con el mismo trozo de rama recogen un puñado de ascuas y las retiran de la lumbre. Sobre ellas deposita un puñado de bellotas y espera unos minutos. La estancia se llena de olor a bellotas asadas. Coge varias entres sus manos y las pela. Se las lleva a la boca y, mientras las saborea, se acerca al ordenador.

Con el aliento contenido y con el corazón ilusionado. Pulsa y va directamente al programa de correo. Escribe el nombre de usuario y luego la clave y pulsa intro. Agudiza la vista y, mientras las pulsaciones de su corazón se aceleran, mira fijamente. Espera que en la pantalla aparezca un número indicando la presencia de un correo. Solo uno es el importante para él. No necesita más.

El correo se abre y, donde debería aparecer uno o dos o tres mensajes, se ve un simple “0 no leídos”. Suspira hondo y, para sí se dice: “Tampoco hoy…” Alza su cabeza, mira por la ventana y, durante un buen rato, se queda observando los campos y la niebla moviéndose lentamente. Se vuelve luego para la lumbre y, también ahora se queda como extasiado fijo en las llamas. El calor del fuego va llenando poco a poco la estancia del cortijo.

De entre las ascuas coge un par de bellotas, las pelas y se las lleva a la boca. Lentamente las saborea y mira a los cuadernos que descansan sobre la mesa primera. Le entran ganas de coger el bolígrafo, abrir el cuaderno y escribir. Necesita hacerlo para expresar lo que siente. Pero no lo hace. Desde que se marchó, cada día ha escrito una o dos páginas. Para él solo aunque todo siempre pensando en ella. Y, tanto ahora como otros muchos días, se pregunta y se ha preguntado: “¿para quién o por qué escrito todo esto?”.

Ya los naranjos, los que crecen en las tierrecillas de la huerta por detrás del cortijo, tienen casi maduras sus naranjas. Y las mandarinas son las que antes han madurado. De las ramas de estos árboles, se ven colgando en ramos deliciosos. Por eso, ayer por la tarde y antes de que el sol se pusiera, de uno de estos naranjos, cogió tres o cuatro naranjas. Y, al hacerlo, la recordaba. Para si, se dijo: “Si estuvieras, las compartiría contigo. ¡Sería tan hermoso para mí en estos días de otoño!”

Y es que a su memoria acudieron algunos de los días que compartió con ella. Anduvieron por entre estos naranjos y, como por aquellas fechas lo que tenían no eran frutos sino flores, todo el rincón olía a gloria. Y recuerda algunas de las palabras que en varias ocasiones pronunció:
- Nunca en mi vida he disfrutado de un perfume tan fino como el que regalan estos naranjos.
- ¿No crecen estos árboles en tu país?
- Bien sabes que no. Por eso allí apreciamos tanto las naranjas. ¿Sabes? Por las fiestas de la Navidad, una de la fruta más valorada son las naranjas.

Mientras a su mente acuden estos recuerdos observa las tres o cuatro naranjas mandarinas que ayer por las tarde cortó de uno de los naranjos del huertecillo. Las puso en la lacena de ladrillos que hay por detrás y a la izquierda de la chimenea. Se levanta, se acerca a esta lacena, coge una de las naranjas, la huele, la pela y se lleva sus gajos a la boca. ¡Delicioso como el más puro y sano de los alimentos! Por eso otra vez se dice: “Si estuvieras, también en este momento podría compartir contigo el delicioso perfume que ha dejado esta naranja a pelarla”.

La pequeña estancia de la cocina, se había llenado de olor a naranja mandarina. Perfume delicioso que se mezclaba con el de las ramas secas que la lumbre devoraba. Y también con la humedad de la niebla, el de la hierba y la lluvia que por el campo había caído. “Si estuvieras, Dios mío, qué dicha para este corazón mío tan solitario”. Y, mientras saborea los gajos de la mandarina se asoma a la venta que da al barranco del río. Observa lentamente todo lo que ocurre fuera y, pasados unos minutos se vuelve para la lumbre. Calienta sus manos en el calorcillo que despiden las llamas y luego se acerca a la mesa pequeña. La que está más cerca de la cocina y donde descansa el ordenador. Abre uno de los cuadernos, coge un bolígrafo y escribe:

4- Desahogando el corazón

“¿Sabes? Los sueños de los que, a lo largo de la vida tanto nos alimentamos las personas, nunca deberían hacerse reales. Porque casi siempre estos sueños buscan la felicidad. Y la felicidad en esta vida tampoco nunca será total. Nunca ningún ser humano ha llegado ni llegará a una felicidad completa. Pero siempre esto es lo que más se desea y sueña. Sin embargo, y lo repito, los sueños que con tanto anhelo perseguimos, en ningún momento deberían hacerse reales.

He comprendido que cuando las personas alcanzamos lo que soñamos, perdemos. A veces, dejamos de sentir y de buscar. Como si nos quedáramos vacíos por dentro o como si se nos entumecieran los sentidos. También como si se nos secara el corazón y el alma y perdiéramos sensibilidad tanto para lo bueno como para lo malo. Por eso creo que la carencia de las cosas, la falta de cariño, la soledad, la desnudez y el olvido nos hace sensibles y fuertes por dentro. Como si la escasez de cosas y personas que nos quieran nos fortalecieran los sentidos para buscar y gustar la vida.

Por esto, desde que te fuiste, desde que guardas silencio y en mi vida solo eres recuerdo, cada hora, cada minuto, cada segundo que pasa me punzan en el alma como si de una espada de fuego se tratara. Es como si me faltara vida y aire para respirar. Y también, como si al mismo tiempo, me asfixiara en ganas de compartir todo lo que en mi vida tengo.

Y, mientras en este mismo momento escribo estas cosas en mi cuaderno, no dejo de mirar por la ventana que se abre al valle del río. Creo que en algún momento, por entre la niebla y el camino que atraviesa el bosque de los robles, te veo. Caminando despacio hacia lo hondo del río y, al mismo tiempo, pisando los charcos de agua y manchándote del rocío que se traba en la hierba. ¿A dónde vas o a donde vienes y qué traes contigo? ¿Lo recuerdas? Por esta ladera bajaste dos o tres veces el año que estuviste por aquí. Siempre con en un vuelo y como si fueras buscando nunca supe qué tesoro escondido por el valle de los álamos.

Luego un día, de pronto ya no volviste a caminar más por este sitio. Te fuiste y de por aquí desapareciste como por arte de magia. Y sin embargo, nunca ha sido así. Cada vez que me asomo a esta ventana y miro para la ladera del bosque de los robles, te veo. En mi imaginación, en mi sueño, en el alma, en el corazón. Como si nunca te hubieras ido de este rincón y camino. Y como en realidad sí te has ido y guardas profundo silencio, mi sueño un día y otro se mantiene vivo. Y me mantengo vivo por dentro siempre con el deseo de que mi sueño se haga real. Por esto te digo que la vida se siente y adquiere sentido con la carencia de aquello que soñamos. Quiero que estés, necesito de tu presencia y sin embargo, en esta tan gran ausencia, me siento vivo y con ahínco cada día te espero.

Desde que te fuiste, desde que no estás, cada mañana al levantarme lo primero que hago es acercarme a mi ventana. Y, con especial interés, lo hago en estos días. Se acerca la Navidad pero todavía es otoño. Y el otoño, te lo dije un día, es la estación del año que más me gusta. Por las nubes que casi siempre hay en el cielo, por la lluvia que de vez en cuando cae, por el rocío que por las noches se traba en la hierba, por el olorcillo a musgo y a setas que a todas horas regala el aire, por el frío, por la luz especial, por… En fin, son muchas las cosas y matices que especialmente me gustan en otoño.

Por eso, cuando me despierto cada día, pienso en ti y luego me uno al otoño. Hay algo de especial, tanto en el otoño como en ti, que me hace sentir la paz del cielo. Y por eso, sin gran esfuerzo por mi parte, siento que Dios me regala su abrazo y que tú y el otoño sois parte de este abrazo. Me gusta sentir esto y me gusta meditarlo despacio mientras me voy uniendo al nuevo día, cada amanecer desde mi cama.

Y luego, como ya te decía, me acerco y miro por mi ventana. La que da al norte y junto a la cual crece el acebo. También debes recordarlo. En este árbol cada mañana cantan los mirlos y gorgojean los gorriones. Y me gusta escucharlos mientras me despierto un poco más y me uno a las nubes que se cuelgan en el cielo. ¿Sabes? Es una sensación que no tiene comparación con nada ni se asemejará nunca ninguna vivencia humana. Tú, aunque solo sea en el recuerdo, las nubes, el vientecillo, la luz tamizada del otoño concreto, el nuevo día, la tierra mojada, la hierba, los álamos ya sin hojas, el silencio, las… Todo es tanto y tan deliciosamente acaricia en el alma que tengo claro que es parte del cielo que desde niño sueño.

Por eso, y lo vuelvo a repetir, creo que el otoño es la estación más hermosa de las cuatro del año. Y por eso hoy, también al levantarme y ahora mismo, miro por mi ventana. Me sorprenden las nubes grises coronando las montañas, me dejo embelesar por las nieblas que ascienden por los barrancos y me extasío en la hierba toda mojada por la lluvia que ha caído a lo largo de la noche. Y claro que quisiera que estuvieras para que vieras estos y, sobre todo, para que comprobaras lo hermoso que es el otoño en esta tierra mía. Y más hermoso lo es ahora que la Navidad se acerca.

¿Recuerdas aquella Navidad? ¿Recuerdas aquel otoño por la colina ocre del castillo viejo? ¿Recuerdas aquel bosque y las hojas que el otoño derramó por las praderas? ¿Recuerdas el agua del arroyuelo, la garza real sobre la copa del ciprés viejo, las acequias bajando repletas, las madroñeras cuajadas de flores y con los madroños rojos colgando? ¿Recuerdas el siseo de las hojas al atardecer?

Creo que algunas de estas cosas sí las recordarás pero otras quizá no. Tu tiempo por esta tierra mía, aunque fue intenso, también resultó breve y por eso no tuviste oportunidad de gozar los matices de las cosas. Esto y lo sé y de ello no me lamento sino que me esfuerzo cada día en recogerlo para guardarlo y que en algún momento lo sepas. Y para ello, creo que no hay mejor momento en el año que ahora en otoño y cuando la Navidad viene llegando. La colina ocre del castillo viejo, en lo que va de otoño, la he recorrido cada tarde. Y poco a poco cada día he ido recogiendo trozos del otoño y trozos del cielo que por esta colina aletea, por entre los álamos y el bosque. Siempre pensando en ti y por eso todo para ti. Quiero regalártelo para que no se te olvide nunca y para que descubras lo hermoso que son estos rincones en otoño y cuando se acerca la Navidad.

¿La portada del libro? ¿Y el libro en sí y su contenido? Voy a dejarlo escrito en este cuaderno mío para que lo sepas. Porque ya dije que, para ti, he ido recogiendo todo el contenido que ahora mismo hay en el libro. ¿Y sabes dónde lo tengo?

A la derecha de la cocina, no muy lejos de la chimenea, hay una pequeña estantería. Construida de piedra y por eso muy sencilla pero artística. En este lugar he ido poniendo algunos de mis libros. Los que conociste cuando por aquí viniste y otros muchos que aun no has visto. Pero todos son míos. Sencillos, con muchas y bellas fotos algunos de ellos y otros, solo páginas de texto. Poesías, relatos, sueños, rutas, cuentos… Mi mundo particular y del que, a pesar de mi interés, casi nada has llegado a saber.

Pues entre estos libros, solo hace unos días, he puesto el que te vengo diciendo. ¿Su título? Te lo digo: “El otoño desde la Alhambra”. Lo soñé al acabarse el verano y me puse mano a la obra justo cuando comenzó el otoño. Y, fielmente cada tarde, he ido recorriendo ese impresionante y bellísimo rincón para recoger lo mejor, ahora en otoño. Lo he conseguido. A mi manera y con mi sello particular pero sincero y bello. Sí, no me rescato en decir lo que de verdad siento. Creo que me ha quedado un libro muy bello. Porque además, es un tema que nunca nadie tocó. Y mira que se han escrito libros de este rincón.

Así que por todo esto, estoy animado y me siento bien. ¿Qué como está estructurado y su contenido? Te aclaro que en esta ocasión, a diferencia de otros muchos libros míos, éste solo contiene fotos. Algunas líneas de texto para explicar, muy escuetamente el motivo o el sitio, y nada más.

En este libro se recogen los matices, colores y olores del otoño en el recinto de la colina, los jardines que le rodean y los bosques de la colina donde se asienta. Una peculiaridad única y de una belleza singular. Los colores del bosque según las hojas van muriendo, los frutos y semillas del otoño, las luces y sombras, los cielos y atardeceres, el agua, las setas el musgo… En realidad, la colina de siempre, asombrosa y admirada, pero aquí mostrada e interpretada desde un ángulo y visión muy especial.

Y en un segundo tomo se muestran todos los matices y detalles que ya y he dicho arriba, empezando el día 25 de noviembre hasta el día 25 de diciembre. Segunda parte mucho más hermosa, si cabe, porque en estos últimos días del otoño es cuando los bosques de este lugar manifiestan sus más asombrosos colores y cambios. Este es el índice:

El otoño por la colina, Los bosques, El otoño en los bosques,
Hojas de otoño, Alfombras de hojas otoñales, El agua en el otoño de la colina, Contraluces otoñales, Flores en el otoño, Frutos y semillas de otoño, Atardeceres otoñales, La luna en el cielo de la colina, El musgo del otoño, Fauna en los bosques, Nieve en las altas cumbres desde la colina.

¿Que te comente cada capítulo y cada foto? Sí que sería una bonita forma de compartir contigo este trabajo mío y que tan contento me ha dejado. Pero ahora aquí no voy a hacerlo. Creo que es necesario verlo materialmente, tenerlo entre las manos, tocarlo, olerlo…Ya sabes: siempre hay cosas que no pueden describir las palabras y, en esta ocasión, mucho menos. Y por otro lado, en el día de hoy, necesito compartir contigo una realidad diferente que aun no tengo recogido en ningún libro.

Ya la mañana va muy avanzada. Las nieblas se han alzado, el sol se filtra por entre los robles de la umbría y los álamos del río y el día parece abrirse. ¿Sabes? En la ciudad, también ya se preparan para la Navidad. Y yo he pensado recorrerla poco a poco, igual que he hecho por la colina del castillo viejo. Para hacer fotos de todo aquello que a ti tanto te llamaba la atención. Para construir un nuevo libro que voy a titular: “El invierno y la Navidad en Granada”. Para así ocupar mi tiempo, mientras espero que me escribas y sueño que llegues por Navidad.

Tú lo sabes bien: mientras vamos avanzando por la vida, mientras los días van resbalando sobre nosotros, los pies se nos llenan del polvo del camino. Y tanto, en algunas ocasiones, que nos impiden andar y, mucho más, levantar vuelo. Ese vuelo que tanto, a lo largo de la vida, soñamos. Y tú, yo creo, más que nadie. ¿No lo recuerdas?

La roca de la ladera, la de la solana que mira al río, a la gran llanura por donde el río se aleja, fue testigo de este sueño tuyo. Varias veces en aquellas tardes de cielos azulados y atardeceres rojos, que tanto te gustaban. Y yo también fue testigo, mudo y asombrado y al mismo tiempo jubiloso. Recuerdo que decías:
- Si desde aquí mismo salto y al caer la tarde abro mis brazos ¿podría volar?
Te respondí:
- Yo quiero hacerlo primero.
- ¿Quieres comprobar si puede ser verdad?
- Esto y también quiero ir al sitio concreto. Sé donde se encuentra el árbol de tronco viejo repleto de musgo.
- ¿Y qué hay en ese árbol que parece tiene para ti tanto misterio y muestras tanto interés en que lo conozca?

Y a esta pregunta tuya nunca pude dar una buena respuesta. Y lo que querido muchas veces y otras tantas lo he intentado. Pero aun hoy todavía no tengo la respuesta clara y concreta. ¿Sabes? El árbol de tronco seco y musgo denso desde el suelo hasta la cruz, crece en la umbría. Al final del bosque de los robles y donde hay una pequeña ladera. Y es de una visión asombrosa. Por el color del tronco, ceniza cielo y por el intenso color del musgo. También por la robustez de su tronco y por las cicatrices que muestra. Pero su auténtico misterio se encuentra que de este viejo trono brota.

Cuando te lo comentaba siempre me decías:
- ¿Y no puedes grabarlo con tu aparato pequeño para luego regalármelo?
- Yo lo quiero y más de una vez lo he pensado pero dime ¿cómo se graba el silencio?
- ¿Hay que vivirlo directamente y escucharlo?
- Hasta ahora esto es lo que sé. Y lo mismo el resto de los humanos.
- ¡Es una pena!

Y claro que lo es. Por eso yo hoy lo recuerdo y por eso hoy de nuevo quisiera hacerte este regalo. Sé que no vale una foto del musgo verde del tronco viejo y también sé que no serviría de mucho que te lo cuente. Que lo deje escrito en este cuaderno. Sigo sintiendo la necesidad de grabarlo. Si, en mi aparato digital pequeño. Y ahora que el otoño se acaba y se acerca la Navidad. Mientras sueño que escribas o vengas, me gustaría intentarlo. Tengo una verdad muy concreta ahí, como clavada en ese viejo tronco y su musgo, que necesito que sepas.

Por otro lado, al borde del camino, las hojas del otoño se han acumulado. Junto a los troncos de los árboles, por entre la hierba y a lo ancho de la llanura. Se les ve ya secas y con los colores apagados. La vida, el tiempo, el otoño, sigue su ritmo y nada ni en nada se detiene. Las hojas secas de lo que ayer fue primavera, en estos días y momentos, por doquier se les ve desparramadas.

Y ahora, esta mañana y día concreto, parece como si conmigo estuviera esperando a la Navidad. Este año, según oigo a cada momento y por las calles, las fiestas que se acercan, no van a ser buena para muchos. Algunos han perdido su trabajo, muchos no tienen casa y viven en la calle, otros no tienen ni siquiera donde comer, bastantes jóvenes desorientados porque no tienen ni dinero ni casa ni trabajo. En fin, la Navidad que se acerca y tanto en ella te estoy soñando, parece que no traerá gran alegría para muchos.

Sin embargo, yo me conformo con poco. Solo con que me escribas o vengas. Solo con que el cielo me permita compartir contigo esto que escribo. Porque, a pesar de todo, me siento privilegiado. Vivo frente y entre las montañas, que es lo que siempre me ha gustado, tengo una lumbre para calentarme, soy libre, medito y rezo al cielo y sigo persistente esperando.

5- El copo de nieve ya a punto de salir de vieja

En la región de la nieve, en el lugar más frío del mundo y también el más hermoso de la Tierra, Copodenieve ya se encontraba entre sus compañeros de viaje. Y, de alguna manera y a su modo, celebraba su partida. Jubiloso como cuando los jóvenes por primera vez se marchan de sus casas. Les decía a los que tenía más cerca:
- Encontraré, por fin, a la amada de mis sueños y compartiré con ella un mundo nuevo y todas las fantasías que, desde niño, llevo en mi corazón. Seré el más libre de todos y, por eso, repartiré amor y respeto en todo momento.

Iba cayendo la noche. Desde las grises nubes, colgadas como del cielo, Copodenieve miraba. Con las últimas luces del día, todavía se veía con claridad las llanuras de los campos. Las tierras blancas, surcadas por grandes ríos y cubiertas por extensos bosques, único mundo que Copo siempre había conocido. Un mundo frío, hermoso como el sueño más bello, pero al mismo tiempo triste y como vacío. Por eso, según se dejaba mecer por el helado vientecillo que entre las nubes lo acurrucaba, miraba para despedirse. Y no sentía tristeza si no más bien pena. La hermosa región del frío, casi siempre cubierta por una densa capa blanca, parecía como sin vida. Como apagada o dormida en una quietud perfecta.

De aquí que Copodenieve le dijera al compañero que tenía al lado:
- Mira conmigo y verás qué desolado. Todo es llano y todo tiene el mismo color. Y parece como si no hubiera más vida que los ríos y los bosques.
- Pero los pueblos y las ciudades están ahí. Y dentro de las casas las personas se acurrucan calentitas.
- Sin embargo, fíjate en las calles de la ciudad. Todo parece solitario. Vacío, sin vida. Tres luces solo brillan al final de aquella avenida. ¿Dónde están los niños, los jóvenes, las muchachas, las personas mayores?
- Dentro de sus casas acurrucados al calorcillo.
- Es un mundo aburrido. Bello pero feo. Entre los niños, jóvenes y mayores, no tengo ni un solo amigo. Por eso ahora no siento pena irme. Nadie por aquí me dio nunca calor ni cariño. Y, además, cada vez que miro y solo veo llanuras y llanuras y todo helado, el alma se me cae a los pies. ¡Qué poco me gusta este país mío aunque para otros sea tan bello!

6- Día de frío

¿Qué tendrá la nieve
que fascina tanto
en los días húmedos
del invierno largo?
¿y por que tan bonita
sobre los campos
brilla agazapada
como esperando?
Sobre las colina,
allá en lo alto,
se extiende silenciosa
como en abrazo
con las tierras y los montes
en un sueño mágico.
¿Qué tendrá la nieve
que eleva despacio
y siempre te refleja
en su azul y blanco?

En el cortijo del Laurel, él dejó el bolígrafo sobre la mesa. Cerró el cuaderno, miró por la ventana y se acercó al ordenador. Hizo clic nuevamente para que se renovara la página. Esperó unos segundos y enseguida vio el texto de siempre: “0 mensajes leídos”. Se puso y escribió: “Hola: ¿Dónde celebras este año la Navidad cristiana? ¿Estás en mi país o en el tuyo? Si estás en tu país ¿por qué no me mandas algunas fotos de nieve? Y tuyas ¿por que no me mandas algunas fotos de ti? Me gustaría verte. Te recuerdo con cariño. Y la ciudad de la vega, Granada, la ciudad que tanto te gusta, en estos días está muy bonita.

Te mando algunas fotos más para que tengas una idea más completa de como son ahora las cosas por este lugar. Por las noches se ve muy bonita y, en las iglesias y las casas, muchas personas ponen el belén. Es curioso como estas fiestas, Navidad cristiana, casi todo el mundo las celebra, de una manera u otra.

Son fiestas muy hermosas que, de alguna manera, intento compartir contigo. Que Dios traiga a tu vida muchas cosas buenas y que también celebres estos días con mucha alegría y con el corazón lleno de esperanza a ilusión. Gracias y saludos sinceros”

Buscó en el ordenador, adjuntó diez o doce fotos y envió el correo. Cerró luego la página, apagó el ordenador, se levantó y se acercó a la chimenea. Buscó luego por la estancia y por la habitación cercana, cogió su mochila, metió algunas cosas dentro y salió.

La mañana ya estaba muy avanzada. Casi mediodía era. Las nieblas se habían alzado pero aun así, por el lado de la umbría y por detrás del cortijo, en la hierba se veía la escarcha. Blanca como nieve recién caída y muda como el día mismo y el campo que antes sus ojos se extendía. Pero pensó para sí que la mañana, todo lo que en ese mismo momento el cielo le regalaba, era hermoso como pocas cosas en este mundo. Y más aun lo era el pequeño acebo de su ventana. El verde de sus hojas resplandecía con la luz del día y los gorriones y los mirlos se refugiaban entre sus ramas. Como si esperaran no se sabía qué gran acontecimiento.

Por entre los naranjos de su pequeño huerto, caminó despacio. Fue mirando y otra vez, para si, se decía que también estos árboles eran hermosos. De sus ramas, verdes, fuertes y sanas, colgaban los ya casi maduros frutos. Su color naranja también relucía con la luz del silencioso día y hasta exhalaban pequeñas nubecillas de perfume puro.

Caminó despacio y se acercó a los tres naranjos cargados de mandarinas. Los del rincón, entre el laurel y los limoneros. Sus ramas aun estaban más cargadas que las de los otros árboles. Y los frutos, mandarinas pequeñas y un poco manchadas de rocío, sí se veían por completo maduros. Por eso, del naranjo que hay junto a la higuera de la esquina, cogió tres o cuatro mandarinas. Las metió en el macuto y luego cogió algunas más. Peló una de ellas y la saboreó despacio, deleitándose al mismo tiempo del aroma que desprendía.

En el huerto, esta mañana, todo parecía dormir un sueño casi perfecto. Como si también esperaran un gran acontecimiento. Las parras ya sin hojas, las higueras también con sus ramas desnudas, los caquis, los membrillos, los granados… Hasta las últimas matas de pimientos. Todavía mostraban algunos pimientos aunque pequeños y un poco ennegrecidos por el frío de las heladas. Por eso las tomateras ya se habían secado por completo. No era el momento de hortalizas en el huerto. El otoño este año había llegado repleto de noches frías, escarchas, nieves en las montañas y algunas lluvias. Y ahora se acercaba el invierno. Ya estaba a solo dos pasos.

En el rincón que da al río, por donde, a la orilla del huerto, crecen las chumberas, se acurrucaba su perro mastín. Blanco, casi del color de la nieve, de aspecto recio y fuerte y por eso también sano como un roble. Se acercó a él, lo llamó, le regaló un par de caricias y luego le pidió que lo siguiera. Y, sin más, los dos, se pusieron a caminar por la sendilla que, desde el pequeño cortijo de piedra, desciende al río en busca del bosque de los robles.

El río, aquella mañana ya casi en la mitad del día, bajaba bastante lleno. Por eso, el rumor de su corriente, se oía con toda claridad desde el pequeño cortijo de piedra y más aun desde el huerto y por la ladera que desciende. Y él se dejó envolver por este rumor misterioso, un poco melancólico pero deliciosamente espiritual y mágico. Recordó que a ella, una de las cosas que también le gustaban mucho, era el rumor de las aguas del río y la contemplación de la corriente misma. Y pensó que hoy sí era un día hermosísimo y perfecto para que estuviera.

El río que divide las tierras, entre el Cortijo de la Viña y el cortijo del Laurel, viene de las profundas sierras. Al levante y un poco al norte. Por donde se elevan los montes y los bosques son espesos. Desde todos estos montes los arroyuelos descienden y, según se van juntando, van dando forma al gran río. Por eso, este cauce, a la altura del vado por donde la senda llega y lo cruza, el río no tiene mucha agua. Sí unas vegas muy anchas, repletas de álamos y sauces y también varias cascadas. Se remansan los charcos por entre los álamos y los juncos de las riveras y se riza la corriente por entre los peñascos.

Mientras desciende por la senda hacia el valle del río, sueña, mira y la recuerda. Los montes de donde vienen los arroyuelos, están todos impregnados de ella. De aquellas tardes entre las mil flores de la primavera, de aquellas mañanas cuajadas de olor a castañas asadas, de aquellos días de verano al fresco airecillo a la sombra de los pinos y de aquellos otros días vestidos con el inmaculado traje de las nieves.

Es lo que más reluce hoy por los montes de donde descienden los arroyuelos. A la izquierda, según baja, se van quedando estos montes y, sobre ellos y a ratos, revolotean las nieblas. En algún momento se abren las nubes y el sol reluce. Y en otros momentos, las sombras de estas nubes, se proyectan y juegan por las laderas y cumbres de las montañas. Sobre el blanco traje que las nieves han extendido a todo lo ancho del campo. Hoy todavía es otoño pero ya en sus últimos momentos. Y por eso el invierno llega, lento pero con firme y recio paso. Desde hace unos días la nieve no deja de caer y el frío aumenta. Motivo por que con más fuerza la recuerda.

Sabe él y sabe su corazón que donde ahora vive ella, la nieve y el frío es lo que más abunda. Y sabe también que el color que siempre viste la nieve es lo que de verdad la distingue a ella. El color blanco de su alma y corazón, el de su cara y piel y el de sus sueños. Por eso, siguiendo estos sueños y enredada en el blanco de los copos, por el viento vino volando en busca de la ciudad de Granada.

Recuerda, en estos momentos, que un día le dijo:
- Morir en Granada, la ciudad mágica de la vega ancha, es lo que siempre he soñado.
- ¿Morir?
- Sí, besada por un rayo de sol y a primera horas de la mañana, de un día de invierno y por Navidad.
Y él guardó silencio porque no acabó de comprender la profundidad y sutileza de su sueño.

6- La cueva de la ladera

Según la senda desciende hacia el río, va dibujando curvas por la ladera. Para ir ofreciendo un trazado cómodo y, al mismo tiempo, para ir salvando los obstáculos. Desnivel en el terreno, rocas, árboles…

En una de estas curvas, muy cerrada y de derechas a izquierdas, aparece la cueva. Una cavidad no muy llamativa pero sí con entrada casi perfecta, tallada en la pura roca y con estancias profundas. Frente a la puerta de la cueva, se para. Mira despacio, medita, observa… Y piensa que hoy de nuevo sería éste un buen sitio para refugiarse, encender un fuego, quedarse y dormir dentro. Pero también parece que hoy, su corazón, su deseo y sueño, le lleva a otro sitio. Sin embargo, recuerda.

En los días en que ella estuvo, esta cueva fue uno de sus refugios. También un palacio mágico y en un misterioso lugar aunque más en el mundo de la fantasía y sueños que de la realidad de este suelo. Y a su mente acude, con una fuerza especial, aquella mañana también de invierno. Al caer la tarde, el día anterior, llegaron a esta cueva. Hacía frío y estaba nublado. Dijo ella:
- Vamos a entrar, encendemos fuego y esta noche aquí nos quedamos.
Y la niña del Cortijo de la Viña confirmó:
- Sí, entremos y quedémonos esta noche a dormir en esta cueva.

En aquella ocasión eran cuatro: ella, la niña del Cortijo de la Viña, el dueño del borriquillo y él, el Anciano del cortijo de Laurel. Y el dueño del borriquillo también aclaró:
- Hace unos días estuve por entre los castaños de la umbría. Recogí un buen haz de ramas secas, las cargué en mi borriquillo y las dejé en esta cueva. Por si el pastor de las cumbres o alguna otra persona, algún día vienen por aquí y necesitan hacer fuego para calentarse. Los fríos del invierno, a veces, son duros y largos. También dejé en esta cueva muchas castañas, bellotas y abundante fruta que recogí en la huerta. Así que entremos. Dentro tenemos de todo lo necesario para pasar la noche y para vivir una bonita experiencia.
Y ella volvió a comentar:
- Cuando luego ya esté en mi país lejano seguro que me acordaré con emoción lo que ahora por aquí estamos soñando. Así que entremos, encendemos fuego y nos quedamos.

Y entraron. Era la primera vez que ella veía esta cueva por dentro. Y por eso, en cuanto el Anciano encendió el fuego y la estancia se iluminó, quedó asombrada de lo que sus ojos vieron. Por la derecha un arroyuelo con agua tan clara que parecía viento. Por donde se deslizaba este arroyuelo, en las rocas, se remansaban los charcos. Y, al final, una honda poza y una pequeña cascada.

Por la izquierda, y muy cerca del rellano donde ya la lumbre ardía, mil repisas en la pared. Como pequeñas estanterías naturales, talladas en la pura roca y exclusivamente obra de la naturaleza. En algunos de estos poyos, se veían pequeñas matas de helechos. En otras, simplemente la blanca piedra caliza y los dibujos y arrugas que el tiempo ha tallado en estas piedras.

Al frente, según se entra y más al fondo del pequeño rellano, las estalactitas colgando del techo. Y, de ellas, goteando el agua. Como en un juego silencio y sin principios ni fin en la serenidad de la hermosa cueva.

Quizá por esto o quizá por la serenidad y misterio que manaba de la gruta, ella preguntó:
- ¿Es seguro dormir en esta cueva?
- Mucho más seguro que en ningún otro lugar del mundo.
- Lo pregunto no porque tenga miedo. Es que las cuevas, de siempre me han impresionado. Más de una vez he soñado que pueden ser como una puerta al corazón del tiempo.

Se produjo un solemne silencio y aprovechó el Anciano para echar unas cuantas ramas más al fuego. Hacía frío. Era un día gris de invierno y sobre las montañas la nieve cubría. Por eso ella, de vez en cuando, decía que echaba de menos a su país, a su casa, a los suyos… Comentó el Anciano, sin dejar de alimenta el fuego con pequeñas ramas secas:
- Luego, mientras nos calentamos, comemos un poco y la noche pasa, puedo contaros algo que os gustará mucho.
Preguntó ella:
- ¿Tiene que ver con esta cueva?
- Mucho no pero algo, sí.
- Yo también tengo una pregunta. Y quiero hacerla a ver qué opináis vosotros de lo que pienso y sueño.

De nuevo se produjo el silencio. Se oía, con claridad concentrada, el rumor de la cascada del pequeño arroyuelo. Se oía, de vez en cuando, el canto del cárabo, el tintineo de las gotas descolgándose del techo de la cueva y también el paso del tiempo. Y se oía el crujir de las ramas al ser devoradas por el fuego. Y también, de fondo y a allá a lo lejos, se oía el rumor de las aguas saltando por la corriente del río y los arroyuelos.

Avanzó la noche y ellos, después de saborear algunos de los alimentos que llevaban y los que en la cueva encontraron, se relajaron. Al calor de la lumbre, junto a las llamas, extendieron sus sacos. Y, mientras se acurrucaban un poco más para que los fuera abrazando el sueño, se dejaron acariciar por la calidez de la llamas, el chapoteo del agua y el silencioso rodar del tiempo. Fuera era todo un mundo oscuro y el frío aumentaba.

Y, quizá estremecida por el abrazo del mágico momento, ella fue la que dijo:
- Tengo algunas preguntas que me gustaría hacerlas ahora.
Animó el Anciano:
- Puedes hacerlas que te escuchamos. Y también, si sabemos y podemos, te las aclaramos.
- Pues yo quisiera saber, desde hace mucho tiempo me lo pregunto, a dónde vamos cuando la muerte nos lleva.
Sin tardar un segundo ni titubear nada, dijo el Anciano:
- Al cielo.
- ¿Y qué es el cielo?
- La realidad del sueño que a lo largo de la vida todos soñamos. La perfección, la totalidad de lo bello, la presencia de todo el amor que tu corazón siempre ha deseado.
Y se hizo el silencio.

Por unos segundos nadie dijo nada más. Como si necesitaran oír y saborear el paso del tiempo. Pero al rato, fue la niña la que preguntó:
- ¿Y qué es lo más necesario para descubrir y recorrer el camino que lleva al cielo?
Dijo el Anciano:
- Muy poco y todo sencillo y hermoso.
- ¿Por ejemplo?
- Al ir por la vida, cada día mientras avanzamos y soñamos, descubrir, cuidar y enamorarse de lo bello. Crear, en todo momento, belleza y trabajar para que los demás la vean, la valoren y la cuiden.

Y fue en este momento cuando ella de nuevo preguntó:
- ¿Así que con esto basta? Con solo, mientras avanzamos por la vida, ir recogiendo y cultivar cosas bellas ¿basta para llegar y disfrutar del cielo?
- Casi basta porque no es poco ni muy fácil. Pero sí te aseguro que es lo más hermoso e importante. Sembrar, cultivar y amar lo bello, mientras por la vida vamos, es fascinante. Porque de este modo todo se perfecciona y más aun, nosotros mismos. Nada nos hace mejores ni nos realiza tanto que sembrar, cuidar y amar la belleza allá por donde vayamos.

Después de unos minutos de silencio ella hizo otra pregunta:
- ¿De qué modo puedo aprender eso que me estás diciendo?
Y el Anciano respondió:
- Yo no sé de qué modo podrías aprender a sembrar, cultivar y amar lo bello. Nunca en mi vida he sido ni quiero ser maestro de nada. Y, menos, de personas. En el corazón y el alma de cada persona, solo Dios y uno mismo, manda. Y la libertad, ser libres para hacer o decir, es el mayor tesoro que las personas tenemos. Por eso, respetar esta libertad y derecho en los demás, es lo que debería ser prioritario en cada uno de nosotros. Y yo, desde que tengo uso de razón, así lo he practicado.

Quizá ella comprendió. En ese momento, el Anciano no lo supo. Pero guardó silencio y ella también. Y lo mismo la niña y el dueño del borriquillo. Ya la noche avanzaba y, tan extrañamente encerrada en sí, que hasta ellos solo llegaba el rumor de la corriente del río, allá en lo hondo, las gotas del agua descolgándose del techo de la cueva y el suave aleteo de las llamas de la lumbre. Nadie supo, en ese momento, qué era lo que ocurría en el corazón y mente del Anciano. Y a él sí que le hubiera gustado compartirlo. Tampoco nadie supo, en ese momento, lo que ocurría en el corazón y alma de ella. Pero para sí el Anciano se dijo:

“Será una pena que te marches, dentro de unos meses, y nos dejes. Y más vamos a sentir que te alejes sin haber llegado a conocer y disfrutar lo que por aquí queremos darte. La belleza, el amor, la libertad, la amistad de la que tú tanto hablas, la tienes ahora mismo al alcance total de tu mano. Gritándote de frente y ofreciéndose abiertamente. Será una pena que te vayas sin haber llegado a conocer lo que por aquí queremos regalarte. Y para nosotros será también un eterno disgusto. Podrías quedarte, aunque no fuera en presencia material, dejando tu cariño y respeto en nosotros y en nuestro mundo de sueños. Podrías quedarte y nos harías muy feliz sabiendo que, aunque te hayas ido, dejas por aquí un universo lleno de amor y sentido”.

Y después de estas reflexiones, el Anciano se dio cuenta que el sueño lo estaba venciendo. Rezó él, una pequeña oración, agradeciendo al cielo y pidiéndole bendiciones. Y también se dispuso para ofrecerse al sueño. Pero todavía, unos minutos antes de quedarse dormido, pensó: “Mañana, madrugaré más que ellos. Encenderé el fuego, prepararé el desayuno y luego escribiré en mi cuaderno. Tengo que dejar escrito, con todo detalle, la mayor claridad y la máxima fuerza que pueda, lo que ella es antes nuestros ojos y lo que nos está haciendo sentir”. Y se quedó dormido.

Al Anciano le despertaron los mirlos. Amanecía y, antes de que la luz llenara los campos, ya estaban los mirlos con sus cantos. Alborotados de acá para allá y como animando la presencia de un día magnífico. Por eso el Anciano, en cuanto se despertó, la imaginó a ella, acurrucada junto al fuego y luego agradeció al cielo en nuevo día.

Abrigado en su saco, calentito y relajado, se quedó en silencio. Escuchando a los mirlos y, al rato, escuchando la lluvia caer. Porque esto era una de las imágenes que traía consigo el nuevo día. Lluvia recia y en abundancia que caía dulce como una bendición del cielo. Su chapoteo retumbaba fuera, en la misma puerta de la cueva y por los peñascos de la ladera. También por entre las ramas y hojas del bosque y sobre la tierra.

Una vez más agradeció el hermoso amanecer y que ella estuviera tan cerquita. Y quiso coger su cuaderno para escribir en él la belleza y emoción del momento. Pero no lo hizo. Durante un buen rato más, se quedó quieto en su saco, solo oyendo y embelesado. Luego se dijo, solo para su corazón y para Dios: “Tú deberías quedarte siempre con nosotros. En las tierras de este cortijo, en Granada y en España. Deberías quedarte porque, desde que estás, todo por aquí tiene un sentido nuevo. Como ahora mismo esta lluvia, el amanecer sereno y el canto de los mirlos. ¿Sabes? Tengo el presentimiento de que nunca, en ningún lugar del mundo y ni siquiera en tu pequeño sueño, tendrás lo que por aquí ahora nosotros te ofrecemos. El hermoso cielo que cada día deseo para ti, la fantástica sinfonía que la lluvia regala, la luz del día, la niebla, el calor del fuego y la tierna caricia del tiempo, no podrás tú, en ningún otro sitio, disfrutarlo nunca.

Los humanos, todos, una gran parte de la vida, nos la pasamos soñando. Y, entre todos los sueños nuestros, siempre apetecemos quedar. Que las cosas que amamos, las sepan muchos para que no se olviden nunca. Incluso hasta las más pequeñas y hasta los sueños más insignificantes, siempre deseamos que lo sepan muchos y que no se olviden nunca.

Pero, la mayoría de las veces sucede que, aquello que hacemos o soñamos, desaparece casi al instante. De todo aquello que hacemos o soñamos, casi nunca queda nada. Ni siquiera lo sentimientos más hermosos ni las cosas que nos parecen eternas. Casi nada queda, al pasar el tiempo. Ni de nosotros ni de lo que en la vida hemos hecho. Y sin embargo, esto que te estoy diciendo, tampoco es del todo cierto.

Porque ya sé, estoy plenamente convencido, que hasta las cosas más pequeñas que hacemos o soñamos, pueden quedar para siempre. ¿Que cómo sé yo esto y por qué estoy tan convencido? Es algo que sí me gustaría explicarte. Para que supieras qué es lo que realmente merece la pena hacer en esta vida. Y para que no quedaran en el olvido ni desaparezca para siempre el cincuenta por ciento de tus obras y sueños”.

Y dejó el Anciano de hablar consigo mismo y en su corazón. La luz del nuevo día ya entraba por la puerta de la cueva. Se dijo que, en unos momentos, lo que haría sería alimentar el fuego. Echaría ramas secas para animar las llamas y se dijo que luego prepararía el desayuno. Y que lo haría todo teniendo mucho cuidado de no despertar ni a la niña ni a ella ni al dueño del borriquillo. Y también se dijo que, mientras ellos se incorporaban y se iban adaptando al día, se asomaría a la puerta de la cueva. Para observar más en primer plano la lluvia, la cascada y el valle del río.

Y sin más, abandonó su saco donde, a lo largo de la noche, había estado acurrucado. Con mucho cuidado para no despertar a nadie. Buscó por la cueva, echó ramas secas al fuego, preparó algunos alimentos y luego salió fuera. A la puerta de la gruta y a recibir la luz del nuevo día que ya todo lo envolvía.

Y asombrado en su corazón y alma vio él que el nuevo día era bello, muy bello. El suelo, la hierba, las rocas, los árboles, el musgo, todo muy lavado por la lluvia y todo como acurrucado en sí mismo. Como refugiado frente al invierno y, al mismo tiempo, preparado para la eclosión de la vida.

Caminó despacio. Hacia el lado derecho y un poco por debajo de la cueva. Por aquí era por donde se despeñaba la cascada y también por donde los manantiales brotaban. Por eso el rumor de estos surtidores los fue envolviendo y como fundiéndolo con el nuevo día y la hondura de la naturaleza que le rodeaba.

Se dijo, para sí, para Dios y para su corazón: “Nada puede haber más perfecto y bueno en esta tierra que tener una amistad como la de ella. Un sueño delicado, con el corazón puro, mirada cristalina, inocencia primaveral y juventud fresca. Es la mayor fortuna que puede regalarme la vida. Y en un día como el de hoy y rodeado de esta naturaleza, ninguna otra cosa puede darme mayor placer y consuelo”.

La lluvia dejó de caer. Se abrieron un poco las nubes en el cielo y algunas nieblas revolotearon por los barrancos. Como en una caricia a los campos y bosques recién lavados. Se acercó él despacio al manantial más caudaloso en la ladera. El que brota entre peñascos, por debajo de los troncos de unos viejos robles. Y, frente al borbotón de agua, se paró. Lo observó, meditó un minuto y luego miró para el río. Y descubrió que, por el lado de debajo de la cueva, se descolgaba la cascada. Impresionante bella y gritando cielo.

Se dijo, como en un diálogo sereno consigo, Dios y su corazón: “Aquí puedes ver y casi palpar parte del sueño que en tu alma llevas. Yo ahora mismo lo descubro con los ojos del espíritu que me da la vida por dentro. Pero, lo mismo que te dije anoche, te repito ahora: no puedo explicarte ni lo que siento ni cómo llegar a descubrir este sueño. Ya sabes: entre la materia y el espíritu, entre lo que alimenta al alma y da de comer al cuerpo, hay una frontera que muy pocos superamos. Nos dejamos llevar, casi por la inercia, por la procesión de la vida. Por el desfile y teatro que unos y otros nos representan. Y luego pasa lo que pasa: que llega el momento en el que nos encontramos solos frente al Universo, a Dios y a nosotros mismos”.

La cascada, formada por el riachuelo que brota y corre por el interior de la cueva, parte de ella hoy cuelga helada. El frío es tan intenso, a pesar de la lluvia, que hasta el agua se ha convertido en hielo. Por eso la cascada, esta mañana, tiene y muestra tanto misterio. Y más misterio aun refleja orlada por la blancura de la nieve allá a lo lejos. Sobre las altas cumbres de Sierra Nevada. Por allí, de vez en cuando se abren las nubes y los rayos del sol se reflejan, como prendiendo fuego a la inmaculada blancura.

7- El viaje de Copodenieve

Cuando ya, Copodenieve, rodeado de sus compañeros, ilusionado volaba por el espacio, sin parar miraba y preguntaba. Para él era todo nuevo. Los valles, los ríos, las montañas, los bosques, las nubes y las nieblas. Y lo mismo las hileras de coches surcando las carreteras y el resplandor de las ciudades.

Decía a sus compañeros:
- Es fantástico un vieja como éste.
Y ellos le respondían:
- Pero todavía no has visto nada. El mundo es más grande de lo que tú piensas. Espera un poco y ya verás cuando atravesemos las altas cumbres de las cordilleras y, la luz del nuevo día, nos deje ver.

El aire de la ventisca los empujaba con fuerza y, por eso, a veces bajaba y otras veces subía. Como en un columpio de feria. Y, en algunos de estos momentos, seguía charlando con los copos de nieve que tenía más cerca. Chocaba con ellos y, entonces, aprovechaba para preguntar:
- Y tú ¿a dónde quieres que el viento te lleve?
Y este nuevo compañero le decía:
- Yo quiero aterrizar en lo más alto de la montaña. Allá donde haga mucho frío y los rayos del sol no me hieran.
- ¿Y por qué si vienes de una montaña quieres ir a otra montaña?
- Para vivir más lejos del lugar donde nací y así conocer mundo y personas. Lo importante es ir a muchos sitios y conocer siempre lugares nuevos. Si aterrizo sobre la cumbre de una alta montaña viviré más tiempo y, de este modo, alegraré con mi color blanco los paisajes de esta tierra.

Otra ráfaga de viento empujó fuerte y zarandeó a Copodenieve. Subió rápido por entre un remolino de pequeños y blandos copos. Con uno y otro fue tropezando y, al hacerlo, siempre exclamaba:
- Esto es lo más divertido que nunca había imaginado.
Un copo rechoncho, de pronto se puso a su lado. Sin dejar de mecerse en el viento, miró a Copodenieve y le preguntó:
- ¿Con qué destino sueñas tú?
- No tengo preferencias por ningún rincón del mundo pero me han dicho que al sur de la Tierra, todo es muy bonito.
- En el sur no hace mucho frío y eso es malo para nosotros. Aunque el sol es la fuente de la vida y lo más hermoso del mundo, para nosotros no es bueno.
- ¿Conoces tú por ese lado del sur, algún sitio especialmente bello?
- Hace unos años estuve en Sierra Nevada.
- ¿Dónde se encuentra eso?
- Al sur de España, en una ciudad muy hermosa que se llama Granada.

Al oír este nombre, Copodenieve se quedó pensativo. Para sí se preguntó: “¿De qué me suena a mí el nombre de Granada? Ahora no lo recuerdo bien pero, de Granada en alguna ocasión, alguien me ha hablado mucho. Y recuerdo que también me gustaba a mí mucho todas las cosas que me contaban. ¿Cuándo sucedió esto, cómo y en qué lugar?”

Y, Copodenieve, otra vez fue empujado por el viento. Un viento fuerte y muy frío que soplaba desde el norte, llevando la borrasca hacia el centro de Europa. Copodenieve tampoco sabía mucho de esto. Era tanta la alegría por su viaje, hacia la libertad y en busca de su sueño, que solo tenía tiempo para preguntar y mecerse en el viento.

Por eso se acercó otra vez al copo rechoncho y le dijo:
- Cuando tengas un rato quiero que me hables de Granada. ¿Cómo fue tu primer viaje a España y cómo te fueron las cosas por la ciudad de Granada?
- ¿Por qué tienes tú tanto interés en saber cosas de esta ciudad y no de cualquier otra de las muchas que hay en el mundo?
- No recuerdo ahora quién ni cuándo ni dónde pero de Granada me han hablado mucho y todo muy bueno. Me dijeron que en ella todo es tan bello como el más hermoso de los cielos. Y me dijeron que en su corazón y en su alma hay una magia que no existe en ningún otro lugar del mundo. Y también me dijeron que en Granada, todo es como el más dulce de los sueños. ¡Háblame de Granada!

Y el copo rechoncho y blanco blando como la seda, dijo a Copodenieve:
- Una cosa importante que no debe faltar nunca en tu vida es un ideal, un sueño, una meta. Debes luchar hasta dar la vida por algo hermoso y elevado. Por eso, tener un sueño, siempre te dará la fuerza necesaria para llegar hasta el final. Solo de este modo podrás conseguir aquello que tanto apeteces.
- ¿Y tú tienes en ti este sueño?
- Lo tengo desde el primer día que fui agua y, más aun, cuando el frío me convirtió en nieve. Siempre deseé ser el copo más perfecto y blanco. Mucho más que lo eres tú en este momento.

Copo reflexionó un momento y luego preguntó:
- ¿Cuándo terminaremos de llegar a Granada?
- Esta ciudad aun queda lejos. ¿Es que tienes prisa por llegar?
- Estoy pensando algo.
- ¿Qué es lo que estás pensando?
- Como ya te he dicho hace un rato, quiero que me hables de Granada. Y también quiero que me hables de Sierra Nevada y de tu sueño. Tu experiencia me puede servir de mucho, a parte de que también me gusta el modo en que me hablas. Me gusta aprender de ti. Por eso quiero que me cuentes todo lo que sepas de las tres cosas que ya te he dicho. De aquí mi pregunta de si tardaremos mucho en llegar. ¿Nos dará tiempo hablar de lo que te estoy pidiendo?
Estamos ahora mismo atravesando Europa. Y España se encuentra casi al final de este gran continente.
- ¿Entonces tardaremos dos día en llegar?
- Depende de la fuerza con que nos empuje el viento.

Y, en este justo momento, una ráfaga de viento helado, aguijoneó desde abajo. Copodenieve y su compañero, salieron lanzados hacia donde la nube era más densa. Y Coporrechoncho gritó a su amigo:
- Acércate a mí y pega tu cuerpo con el mío para que no nos perdamos. Quiero hablarte de lo que deseas antes de que lleguemos o nos estrellemos en una montaña cualquiera.
Y, Copodenieve, aprovechando uno de los muchos empujones que le daba el fuerte viento, se apretujó con su compañero.
- Así estamos seguros. Cada uno seguimos siendo cada uno pero unidos como en un solo cuerpo. Es bonito esto y bueno aunque debemos tener mucho cuidado. El cuanto el viento deje de sostenernos, porque pierda fuerza, como los dos unidos pesamos muchos, podemos precipitarnos y caer a la tierra. En cualquier lugar del mundo. Y esto no será bueno para el sueño que estamos comentando.

Por momentos, cada vez más emocionado, Copo seguía diciendo:
- Es la primera vez que esto ocurre en mi vida y me está gustando. En ti, sin quererlo yo ni buscarlo, ya tengo un buen amigo, que me apoya y me enseña. ¡Eres fantástico!

El viento los seguía empujando cada vez con más fuerza y frío.
- Tenemos que procurar subir, cuanto más alto, mejor. Si queremos llegar lejos, yo a Sierra Nevada y tú a Granada, tenemos que subir a la parte más alta de la nube. Así tendremos más oportunidades de sobrevivir y vivir experiencias. La vida de un copo de nieve, de cualquiera de los millones de copos de nieve que cada año caen sobre la Tierra, siempre es frágil y breve. Y, en cada momento, está condicionada por la altura. Cuanto más subamos más oportunidades tendremos. Procura no ser como todos. La mayoría de los copos blancos que ahora mismo viajan con nosotros ni siquiera tienen sueños. Les da igual ir lejos o cerca o caer en una montaña o en un valle. No será nada en sus vidas. Solo copos de nieve, ahora, y luego agua que quizá, enseguida se contamine, con las suciedades de los millones de humanos. Subamos a lo más alto de la nube para que podamos realizar los sueños que soñamos.

Y preguntó Copo:
- Yo hago este viaje porque deseo vivir aventuras. Y también porque, en el fondo de mi ser, quiero sentir emociones y encontrarme con las cosas más bellas. Y tú ¿por qué realizas este viaje?
- Por el sueño que ya te he dicho antes.
- Para mí sería muy interesante si me contaras algo de ese sueño tuyo.

Una densa bandada de copos de pronto llegaron desde la derecha. Empujados por la fuerza del viento y, por eso, dando volteretas y achuchándose unos contra otros. Como si vinieran huyendo del más feo de los fantasmas o como si tuvieran prisa para alcanzar una meta muy concreta.

Rechoncho y Copo, se sintieron acorralados. Empujados, por el lado de la izquierda y envueltos por una densa niebla. Aunque en realidad, como era noche cerrada, nadie veía nada de lo que pasaba en el corazón de la borrasca. Nadie veía según el modo en que vemos los humanos pero los copos de nieve ven de otro modo. Desde su interior de hielo y por eso son amigos de los vientos y vuelan sin tener alas y se visten con el color más puro y blanco.

8- El relato de Copodebil

Rechoncho dijo a Copo:
- No te pierdas. Agárrate fuerte a mí para que nada ni nadie nos separe en este viaje.
- Yo me aprieto contigo todo lo que puedo y también, con lo que me empuja el viento, me agarro más fuerte a tu mano.
Y, en este momento, un copo muy débil, en forma de estrella pequeña con tres puntas, se rozó con Rechoncho.
- ¡Perdona! Pero es que no hay manera de tener el más mínimo control de uno mismo.
- No pasa nada. Estás perdonado.
- ¿Adónde quieres ir tú?
Alzando la voz mucho para que sobresaliera por encima del ruido que emitía el viento, Copodebil dijo:
- Una de las veces que fui nieve las nubes me dejaron en las montañas de Cazorla.

Quiso seguir hablando pero otra vez el viento los empujó con mucha fuerza. Con tanta fiereza que estuvo a punto de irse al otro extremo de la tormenta. Pero Copo lo rozó con su blando cuerpo, hizo un hueco y lo sujetó junto a ellos. Interesado le preguntó:
- ¿Dónde están las Sierras de Cazorla? Creo, también, que en alguna ocasión alguien me dijo algo de estas montañas.
- No se encuentran lejos de Sierra Nevada. Un poco al norte de Granada y justo donde nace el río Guadalquivir.
- Y cuando estuviste en ese lugar ¿Te gustó a ti eso?
- ¡Mucho! Son unas sierras tan bonitas que da gusto mecerse sobre ellas y luego caer por entre los pinares, las rocas, los hermosos valles y las laderas.
- ¿Hay muchos arroyos por allí?
- Tantos que nombrarlos todos llevaría una vida entera.
- ¿Te acuerdas tú dónde fuiste a caer la última vez que estuviste en esas sierras?
- Me acuerdo como si estuviera sucediendo ahora mismo.
- ¿Dónde fue y cómo?
- En las laderas de un gran monte que se llama Banderillas. No al sur, que es donde están los Campos de Hernán Pelea ni tampoco al norte, que es por donde nacen los ríos Borosa y Aguasmulas, sino un poco al este. Por donde se llega cuando se va desde el nacimiento del río Segura.

Sin saber por qué, Copo sintió un poco de envidia. Por eso, otra vez preguntó:
- ¿Y te gustó a ti mucho ese sitio?
- Ya te he dicho que tanto me gustó que ahora quisiera que esta nube y el viento me dejaran caer sobre ese mismo lugar.
- Pero, aunque sea tan bonito como dices, yo creo que Granada le supera. Y, Sierra Nevada, quizá mucho más.
- De Granada no puedo decirte mucho pero sí de las laderas del Banderillas. Aunque, de este lugar tan bello, también tengo una queja.

Copo, que en este momento viajaba pegado por completo a Rechoncho y rozándose, de vez en cuando, con Débil, trazó una divertida pirueta. Desde el lado de abajo saltó para arriba, impulsado por el viento de la nube. Y, desde arriba, buscó un hueco y se colocó en el centro. Entre Rechoncho y Débil. Aclaró, entusiasmado y muy seguro de sí:
- Unidos los tres hasta el momento en que esta nube nos deje caer al suelo. Porque me estáis demostrando que sois los mejores amigos . Estáis compartiendo conmigo todas vuestras cosas y os lo agradezco. Ya sabéis que soy nuevo en esta aventura. Es mi primera vez en un viaje como éste y, por eso, a penas sé nada de la vida de un copo de nieve. Pero, con amigos como vosotros, se me está quitando todo el miedo.

Y, al pronunciar estas palabras, se acurrucó más contra Rechoncho y Débil. Como si, de este modo, quisiera demostrar su sincero agradecimiento por tan bonita amistad. Le dijo, a Copodebil:
- Te defenderé hasta dar la vida por ti, si hiciera falta. Por eso, siéntete seguro y sigue hablando de tu experiencia en la Sierra de Cazorla. ¿Por qué me has dicho que tienes tus quejas de ese sitio? ¿Qué fue lo que te pasó la última vez que estuviste en estas montañas?

Copodebil, sintiéndose apoyado por la buena amistad de Copodenieve, habló y dijo:
- Es una historia muy larga que no me dará tiempo contarte en este momento. Porque quizá dentro de poco amanezca y quizá la nube y el viento nos deje caer sobre la tierra.
- Pero, mientras tanto ¿dime de qué o por qué estás molesto?

Y, despacio, Débil relató a Copo:
- Sabes, como ya te decía, las laderas de las Banderillas, son muy bellas. Y, el sitio donde yo me posé, es más bonito todavía. Alzado, casi en la cumbre pero mirando al este y frente a los Campos de Hernán Pelea. Es un lugar donde solo hay unos cuantos pinos, algunas rocas y un poco más abajo, un pequeño valle. También un collado y, por este punto, un viejo camino que sube desde el barrando del río Aguasmulas. Un paraje precioso, donde hace mucho frío y hay abundante luz porque el sol da de frente nada más levantarse. Y también porque todo aquello es tierra de pastores, sinónimo de hombres buenos. Los pastores de los Campos de Hernán Pelea, son las personas más nobles del mundo. Luego te digo por qué pienso de esta manera.

Después de un breve silencio, motivado por el vaivén del traqueteo del viento, Copodebil, prosiguió:
- Era un día de invierno. Amanecía y hacía mucho frío. El viento no soplaba tan fuerte como éste que ahora nos zarandea. Pero sí corría en cantidad y empujaba con cierta potencia. Por eso, al llegar a las cumbres de las Banderillas, se quejaba al romperse contra las duras peñas. Y también se lamentaba al chocar con las ramas de los pinos y los pequeños escaramujos que, por todo ese territorio, crecen. Daba miedo oírlo pero era un bello espectáculo que también debes conocer. Ya sabes: un copo de nieve, por insignificante que sea, también debe tener cierta sensibilidad por las cosas que les rodea. Un día, ya te darás cuenta, que somos mucho más que nieve blanda.

Pero vamos al caso de lo que vengo diciendo: amanecía y la nube que nos llevaba, en compañía del viento, por toda aquella ladera, comenzó a soltar copos blancos. Hermosos copos de nieve que, como en un juego de mariposas, caían desde todos los lados. Y, después de realizar prodigiosas danzas mientras por el especio descendían, se iban posando por todos los sitios de aquella ladera. También por las cumbres de las Banderillas, por las recogidas hondonadas y por el collado del camino viejo.

Y claro que todo aquel terreno se fue llenando de tiernos y bellísimos copos de nieve. Y, según yo iba viendo, aquel espectáculo me gustaba mucho. Porque no solo me parecía hermoso y mágico si no trascendente, muy trascendente. Algo así como si fuera una de las experiencias más importantes en la vida de un copo de nieve. Como si fuera la materialización del sueño que, en el fondo, todos llevamos dentro. Mejor aún: aquel momento maravilloso de las nubes derramándonos sobre las laderas de las Banderillas, yo tenía claro que era parte de la gran misión que el destino me había encomendado. Por eso me sentía plenamente feliz y todo mi ser vibraba de emoción.

Feliz y enamorado como nunca yo he estado a lo largo de mi vida. Porque, y también ahora quiero decírtelo, lo primero y más importante que un copo de nieve de de hacer en su vida, es quererse a sí mismo. Enamorarse de su blancura y de la fragilidad de su cuerpo. Y también debes practicar esto con todos aquellos compañeros que compartan aventura contigo.

Sí, un buen copo de nieve debe siempre quererse mucho a sí mismo y ser el mejor compañero mientras va de vuelo por las nubes y cuando luego se posa en el suelo. Solo de esta manera serás digno de la blancura que a la nieve corresponde. Y también solo de esta manera llenarás de belleza los paisajes donde te poses. Porque hay que ser feliz y quererse mucho para poder transmitir a los demás el gusto y amor a la vida. Nada ni nadie podrá transmitir lo que no se lleva dentro. Esto es así de sencillo y así de concreto.

Por eso, aquel paisaje de las laderas de las Banderillas, por momentos, se iba vistiendo con la belleza más pura. Al amanecer de aquel día frío de invierno, los copos de nieve que desde las nubes descendían, lo iban cubriendo todo. Mientras me mecía delicadamente entre los dedos del viento esperaba mi turno para caer al suelo. Por mi lado, por la derecha, por la izquierda, por arriba y por abajo, me iban pasando pequeñas bandadas de copos. Y, al rozarme mientras caían, me saludaban ilusionados. Todos, todos, me decían:
- Nos vemos dentro de un rato en la alfombra blanca que, sobre estas tierras, estamos dibujando. No tengas miedo que todo será dulce y divertido. Fíjate qué contento voy yo bajando.

Y era cierto: todos los copos de nieve, según caían para el suelo, iban dejando estelas de luz y alegría. Contentos de sí mismos y contentos de dar sus vidas por la misión que a cada uno el destino le tenía asignado. Por eso, allí descubrí yo, en ese mismo momento, que nada hay más hermoso en la vida de un copo de nieve, que enamorarse de su blancura y, vestir con esta blancura, la tierra sobre la que el viento nos deja.

Estuvo nevando toda la mañana. Lentamente pero sin parar y, por eso, el terreno se fue cubriendo poco a poco. Con una alfombra blanca y tan blanda que parecía de nata. La nube que nos llevaba, a veces, se acerba tanto a la tierra que parecía fundirse con ella. Por esas zonas altas de las Banderillas y los Campos de Hernán Pelea, cuando llueve o nieva, se alza mucha niebla. Un espectáculo que también hay que verlo para descubrir la hondura de su belleza.

Y, conforme los copos iban cayendo desde la nube al suelo, me empujaban. Casi siempre sin quererlo. Pero yo tenía mucho cuidado no fundirme con ellos porque me interesaba no caer ni entre los primeros ni entre los últimos. Era la primera vez en mi vida que había venido, en forma de copo, a estas montañas. Por eso me interesaba seguir dando vueltas por entre la nube hasta el último momento. Quería descubrí y aprender cómo es y cómo s ve una gran nevada, desde arriba. y también me interesaba quedar, en la alfombra blanca que la nieve estaba tejiendo, arriba del todo. Para seguir viendo la transformación de todos esos campos y, para así, seguir aprendiendo.

Por eso, cada vez que algún copo, al pasar junto a mí, me rozaba, yo me apartaba. Para no fundirme con él y, con el peso de los dos, precipitarnos para el suelo. Y lo fui logrando. Y, como el viento no paraba de soplar, también fu cumpliendo otro de mis deseos: ir de un lado a otro y desde las cumbres a la llanura y observar despacio todos los paisajes que por ahí tienen esas montañas. Y, según los iba descubriendo, más y más me gustaban. Por eso ahora puedo decirte que son fantásticos esos sitios. Hermosos como el sueño más bello y misteriosos como la fantasía más extraña.

Pasó el tiempo. El sol, aunque nos e veía porque la densidad de la borrasca lo ocultaba, sí se intuía dónde estaba. Ya en la mitad entre el horizonte y la vertical. Y, por eso, todos aquellos paisajes, se veían eliminados. Como si en ellos se reflejara un gran chorro de luz pura y mágica. Y era así: la luz tamizada del sol iba reverberando sobre la inmaculada alfombra que los copos fabricaban. Porque, ya a media mañana, la nevada era tan grande que lo cubría todo. Se vía ya una alfombra tan ancha y espesa que parecía que medio cielo se había derramado sobre la tierra.

En mitad de la ladera, a la derecha de la vieja senda, hay una gran roca. De más de un metro de alta y, por arriba, un poco plana. Varias veces, en mis idas y venidas, pasé rozando la superficie de esta roca. Y, cada vez que esto sucedía, me fijaba y descubría la capa de nieve que aquí se iba acumulando. Lo mismo que por la ladera entera, por el llano que recorre la senda, por lo alto de las cumbres y por los anchos Campos.

Y, a mí y al viento que me llevaba de un lado a otro, una vez y otro decía: “Quiero posarme sobre la pequeña llanura de esta roca”. Y ¿sabes por qué pensaba esto? Porque ya había descubierto que, desde lo alto del peñasco, se veía todo. La inmensa superficie blanca que la nieve iba fabricando y la vieja senda y el collado. Y, además, desde lo alto de esta roca yo imaginaba que podría estar un poco más conmigo mismo. ¿Que si tenía miedo? Ninguno. El destino de un Copodenieve, en cuento cae al suelo, es morir. Pero yo deseaba vivir la mejor experiencia.
Así que ya la nevada casi había terminado. La nube había derramado casi toda su carga y el sol se adivinada muy alto. Sobre la superficie de la roca, una espesa capa de nieve y el viento acariciaba muy despacio. Me empujaba como en una caricia de seda y, como en forma de beso delicado, me dejó donde yo quería. Justo en la parte de arriba de la gruesa capa de nieve acumulada sobre el peñasco. Le di las gracias y me sentí bien. Como si de pronto hubiera alcanzado la meta más importante de mi sueño.